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27-05-12 REVOLUCIONES



El viernes pasado, 25 de mayo, Graciela Díaz me pidió que dijera unas palabras desde mi rol de comunicador en Suipacha, refiriéndome a La Libertad, en un Acto que organizaba la Asociación que ella dirige. 

Quería compartir con los lectores del blog un bosquejo de lo que dije ahí. Tal vez les guste:

“Sé que no es una muy buena manera de empezar, pero quiero decir antes que nada que por lo general desconfío bastante de las revoluciones en el sentido más político de la palabra. Sin generalizar, es necesario decir que con frecuencia han sido un producto de los intereses más o menos genuinos de las burguesías. Los pobres no hacemos revoluciones. Hacemos revueltas, alzamientos, rebeliones, pero revoluciones hacen los que tienen el poder, el financiamiento, y la educación para hacerlas. Muchas veces se dirá que los que se alzan en contra de una determinada potencia lo hacen en nombre de los que menos tienen, pero en general reaccionan a una necesidad de las clases más acomodadas. 
En otras palabras: nosotros, los humildes, podemos ser bandera, pero abanderados… difícilmente.
Aun así, he aceptado hablar partiendo de un nuevo aniversario de la revolución de mayo y de los hombres que la hicieron. 
Y aquí vuelvo a decepcionarlos, porque me cuesta referirme a esos seres tan exaltados por la historia de los que ya se ha dicho casi todo, y de los que yo no sé casi nada.

Voy a hablar, por lo tanto, de los revolucionarios que yo conozco. 
Un verdadero grupo de revolucionarios. 
No cambiaron un país, ni una provincia, ni un pueblo, si lo vemos en los términos “documentables”, pero a lo mejor lo hicieron igual.

Cuando yo tenía 9 años, era un chico del campo, de padres tamberos, que leía con voracidad todo lo que se me cruzaba, pero no tenía tantas lecturas a mano como hubiera querido.
Un día mi maestra me llamó aparte y me dio un regalo. Algo poco común, y para mí rarísimo.
Cuando abrí el paquete, en su interior me encontré con un libro. Y cuando abrí el libro, lo primero que vi fue un dibujo muy simple de un chico que aferraba, como si fueran las riendas de un carro, un manojo de hilos que lo conectaban con una bandada de pájaros. 
Los pájaros tiraban de esos hilos y lo llevaban volando.
Ese chico rubio de cuyo cuello colgaba una larga bufanda, era el Principito, de Exupéry.
En esa misma página, aquella maestra había escrito: “Para Damián, que cuando lee alcanza las estrellas”
Yo no lo supe en ese momento, y probablemente no lo pensé hasta ahora. Pero ella, la maestra del libro, y otras que iban a venir después, y  profesores y profesoras más adelante, y bibliotecarias y amigos más instruidos que yo, que se fueron turnando para prestarme, regalarme o recomendarme libros, hicieron que yo sea una persona diametralmente distinta a la que hubiera sido sin ellos.
Sin esas lecturas que me abrieron la cabeza, hoy no sería el que soy.
Pero esos libros fueron llegando, uno por uno. 
Un plan de Dios, perfectamente orquestado,  para cambiar el destino -no de un país- pero sí de una persona, usando a estos revolucionarios.
Fueron y son terribles rebeldes, porque rompieron con lo que el “destino” había dejado para mí. 
Y pienso ahora en todos los que con pequeñas acciones hacen lo mismo: Marcan a alguien para siempre. 
Pienso en el que da amor a un chico que no lo tuvo: Ese chico nunca va a ser el mismo, porque el recuerdo de una caricia, igual que el de un latigazo, te puede marcar de por vida.
Pienso en los que dan un plato de comida a alguien que tiene hambre, o abrigan al que tiene frío; Ellos son revolucionarios, porque nos hacen entender que se puede, que nadie nos puede condenar a ser indiferentes.
Y así podría seguir sin parar, hablando de revolucionarios anónimos que hacen la diferencia en un mundo en el que sobran conformistas y acostumbrados.

Los que tenemos en nuestras manos la información, somos parte de eso.
Pienso en esa responsabilidad siempre que proyecto un programa nuevo. 
Me pregunto si de alguna manera puedo enriquecer a los que están del otro lado. Podría pensar sólo en entretenerlos, que no estaría mal, pero se ve que algo de esa sed revolucionaria también está en mí.
Lo cierto es que, yendo al tema del que me pidieron hablar, la única libertad es la que empieza en las cabezas y los corazones. En nuestras almas está el embrión de la libertad. Desde ahí salimos, como aferrados a una bandada de aves migratorias de esas que llevaban al Principito, hacia la verdadera libertad.
Si de algo puede servir mi trabajo para contribuir a despertar esa libertad, seguro que eso llevará al mismo tiempo a construir un mundo mejor, con más justicia, con gente más buena. Si de algo sirve mi trabajo para eso, decía, ahí quisiera estar, como un revolucionario más”

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